jueves, 21 de mayo de 2009

¿ un feto humano es persona ?


[Feto humano de 20 semanas]

 Vamos a tratar de aclarar que el feto humano no sólo es un "individuo humano", sino que es algo de muchísima más dignidad, una persona humana.

Aunque hoy día en el lenguaje coloquial se utiliza el término "persona" como sinónimo de "individuo humano", sujeto individual , el concepto de "persona" para el cristianismo –en donde se originó– incluye la importante característica de trascender la propia individualidad cerrada. En el caso de Cristo, como persona de la Santísima Trinidad, cuya naturaleza es divina, asume la naturaleza humana sin abandonar por ello la divina, y además Cristo es Persona divina no como individuo cerrado en sí, sino como una comunión de tres Personas en una única naturaleza divina. Durante mucho tiempo, se mantuvo en filosofía la definición de Boecio, "persona es la sustancia individual de naturaleza racional". En esta definición aparece la referencia a la auto-trascendencia, implícita en el término 'racional', entendida como apertura al todo, pero la categoría básica es la de "sustancia individual". Y falla, sobre todo, en su olvido de citar la relación de la persona con las otras personas y con el mundo, además de su dimensión corpórea, que sirve de medio entre las dimensiones interpersonal, social y cósmica. Para remediar esta limitación Ricardo de san Víctor caracterizaba a la persona por el "ex-sistere", el salir fuera de sí, el tener capacidad de referirse al otro. En esta misma línea, Duns Scoto relanzó la concepción referencial de la persona recuperando el valor cristiano de la relación como constitutivo del ser humano. Santo Tomás de Aquino afirma que, para el caso de Dios, ser persona significa ser relación subsistente, o sea, vivir el propio ser en sí (subsistencia), en el ser para/con/en el otro; vivir en el don recíproco.

En cierto modo, el concepto de persona implica la paradójica composición de unidad y de distinción, de comunión y de libertad, entendidas no como realidades antitéticas, sino como realidades coexistiendo y realizándose juntas, de modo directamente proporcional. El modelo trinitario nos permite comprender que la persona es tanto más ella misma cuanto más capaz es de comunión con los demás, y es tanto más libre cuanto más vive la comunión. Podemos decir, entonces, que el feto humano es persona en cuanto es sustancia racional individual, y en cuanto trasciende su individualidad poseyendo una coexistencia con su familia, siendo la madre la mediadora.

Imaginemos un robot futurista provisto de la más sofisticada inteligencia artificial, además que posea una extraordinaria movilidad y autonomía. Aún así este super-robot no tendría nada de persona ya que no es un ser racional. La racionalidad no significa exclusivamente ser inteligente o estar provisto de grandes capacidades intelectuales, pensamiento, etc. sino más bien en «poseer una capacidad inherente de realizar actos propios». Entendiendo por "actos", más que movimientos físicos –que pueden incluso estar ausentes– movimientos intelectivos y movimientos del alma. Pensar, discurrir, discernir, ... sí, pero también, sentir, amar, disfrutar, sufrir, desear, comunicarse con los otros, ... Por otra parte la "capacidad inherente" se refiere a que esa capacidad puede ser "en potencia". El feto se va desarrollando hacia el estado bebé, teniendo todas las capacidades inherentes, en potencia, de la persona, del mismo modo que una semilla de trigo posee la capacidad de llegar a ser una espiga de trigo.

 Pero ante todo, la persona está hecha a imagen de Dios. Y como tal, él o ella posee una dignidad intrínseca y un alma eterna. Todo ser humano, desde el momento de su concepción, es una unidad de cuerpo y alma (no una dualidad, cuerpo+alma, como creen los paganos). Y así como el alma no abandona al cuerpo cuando se encuentra durmiendo, así el alma no depende del funcionamiento completo y total de todos los sentidos y capacidades corporales.

* Un dilema moral para los pro-abortistas.

Los que no aceptan que el feto humano sea considerado una persona de derecho hasta su nacimiento, podrían considerar el siguiente dilema moral:

Un cazador observa algo moviéndose entre la maleza. Aunque no está muy seguro de lo que se trata, decide apuntar y apretar el gatillo de su rifle. Resulta que ha matado a otro cazador, y no un animal como él pensaba. Jurídicamente el cazador podría ser considerado culpable por "negligencia criminal", puesto que debería haberse asegurado con absoluta certeza que no estaba disparando a una persona.

¿ Por qué, entonces, a algunos que no conociendo con absoluta certeza cuándo el feto humano llega a ser persona, se les permite, sin embargo, disparar todo el proceso de matarlo sin ninguna consecuencia jurídica ?.
A aquellos que claman que el feto humano no es una persona de derecho hasta el momento de su nacimiento hay que decirles «pruébenlo; demuestren con absoluta certeza que el feto humano no es una persona hasta el momento de su nacimiento» . Mientras no lo puedan probar el aborto intencionado es una asesinato.

domingo, 17 de mayo de 2009

El combate a la ciudad católica



Hay en este mundo dos ciudades antagónicas –escribía san Agustín–, una la carnal fundada en el amor de sí mismo, y otra, la espiritual fundada en el amor de Dios. Cada una tiene su propio modo de vivir y su finalidad. La primera busca el gozo en este mundo, no así la segunda. La primera se gloría en sí mismo, en sus propias potencias, en sus logros, en sus conquistas, y en el dominio de las criaturas. La segunda si se gloría en algo es en conocer y comprender al Señor, y en practicar el derecho y la justicia en medio de la tierra. Las dos ciudades pueden coexistir mezcladas, aunque en algunos tiempos destaca netamente una sobre la otra. El destino final de los ciudadanos es asimismo completamente opuesto . A los de la ciudad terrena les corresponderá una eternidad de dolor tanto físico como moral, en cambio, a los santos de la ciudad de Dios les corresponderá la bienaventuranza eterna.

En este tiempo que nos toca vivir, gran parte del siglo XX e inicios del XXI, es evidente que impera la ciudad carnal. La ciudad de Dios alcanzó su plenitud en el siglo XIII, con la expansión de los monasterios, la proliferación de grandes santos y filósofos, la sociedad ordenada hacia Dios a través de la Iglesia... En el Magisterio de la Iglesia se entiende por "Ciudad Católica" a la Sociedad entera ordenada globalmente de acuerdo al plan de Dios. Así, por ejemplo, en el documento apostólico "Notre Charge Apostolique", del 25 Agosto 1910, el papa S. Pío X, rechazando la torpe idea de democracia cristiana de Le Sillon, escribe:

«No se edificará la ciudad de una manera diferente a como Dios la ha edificado; no se levantará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe; es la Civilización Cristiana. Es la Ciudad Católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre los fundamentos naturales y divinos, sobreponiéndola a los ataques siempre nuevos de la utopía moderna, de la Revolución y de la impiedad. Omnia instaurare in Christo».

Así la Ciudad Católica es un ordenamiento total, completo y global orientado hacia el Bien. Cristo operando sobre las almas de los hombres, y a través de la mediación de la Iglesia, edifica la Ciudad Católica. Hombres y mujeres absolutamente cristianos establecen familias cristianas, una estructura económico-social cristiana y un orden político cristiano. León XIII en "Immortale Dei" nos recuerda que la Ciudad Católica fue una realidad en el mundo:

«Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina había penetrado en sus leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se colocaba firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades».

No debemos confundir entre la Ciudad Católica y el Cristianismo (la Iglesia Católica). Esta última es indestructible, en virtud de la promesa de Cristo (Mt 16, 18). No así la primera, como ya ha quedado demostrado netamente en la historia. La Ciudad Católica es una realidad distinta y absolutamente separable de la Iglesia y del Cristianismo. La Iglesia es inmanente y trascendente a la Ciudad Católica. La Iglesia, aunque posea una organización perceptible de magisterio, gobierno y culto, en sí es una realidad mística que asistida por el Espíritu Santo prolonga entre los pueblos la presencia real de Cristo, y esto no es generalmente percibido por los ojos de la carne. En una sociedad secularizada, materialista y totalmente hostil a Cristo, la Ciudad Católica puede llegar a ser aniquilada, sin embargo, la Iglesia subsistiría en algunas almas viviendo en comunidad o aisladamente, así como sucedió en la Roma de los mártires o en la Rusia de Stalin, en la que sólo unos cuantos fieles continúan viviendo –penosamente y contracorriente– la Fe entre el total de la sociedad descreída.

El diablo y todas las potencias del mal guerrean incansablemente para destruirla. En su numerosísimo ejercito ondea una bandera con el lema "Revolución anticristiana", sus armas son las herejías y cismas, el engaño sistemático, la infiltración en toda institución civil y religiosa, la perversión de las costumbres, la impiedad, el materialismo, las modas indecentes, la pornografía, promoviendo todo un pensamiento, filosofía y arte corrompidos, una cultura de la muerte, y un adoctrinamiento en las escuela.

La guerra sistemática a la Ciudad Católica –así como a la Iglesia– está asociada al misterio de la Iniquidad. Tras la caída del hombre en el Paraíso, en la naturaleza humana anida la malicia, la cual emerge en sus acciones y sus obras. A esto se añade la actividad de los ángeles caídos (los demonios), que fueron rebeldes a Dios, por lo que la Creación se halla alterada por un elemento de perturbación y desorden. Dios crea el Bien, pero la criatura, eligiendo su propio y particular bien y burlándose del bien divino, introduce el mal en la Creación. Los demonios, también desde el principio del tiempo, andan induciendo a los hombres a pecar. Todo ello significa el mal operando por doquier, tanto en el universo físico como en el espiritual. Antes de la Redención, el hombre en este mundo se hallaba desorientado espiritualmente, inclinado a buscar los bienes sensibles y ajeno a los espirituales. De aquí surgen todos los pecados, de soberbia, de avaricia, de lujuria... El hombre era entonces esclavo del pecado –la verdadera esclavitud–. Cristo, Hijo de Dios, se encarnó en una Virgen y trajo al hombre la Redención, tal como estaba escrito en las profecías. Y, como también estaba escrito, la Redención hubo de ser realizada de manera cruenta, con derramamiento de abundantisima Sangre, combatiendo contra la inicua alianza que forman el pecado, el mundo y el demonio. Y Cristo obtuvo una total y definitiva victoria en este combate.

¿Por qué siguen actuando en este mundo las potencias del mal... si ya han sido derrotadas?. Es porque la guerra se prolonga en la Historia de la Iglesia. Cristo, como cabeza de la Iglesia, venció y ascendió a los Cielos, como primicia. Entonces, la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, permanece aquí para cumplir la misión encomendada, esto es, predicar el Evangelio a todo el mundo y bautizar a los que creyeren. En las almas de los cristianos, y globalmente en el seno de la Iglesia, se ha de cumplir el combate librado entre Cristo y Satanás por la conquista de las almas, cuyo valor es preciosísimo, pues una sola alma supera en valor a todo el universo. La Ciudad Católica comienza en las almas de las personas, cuando en ellas habita el Divino Espíritu y de allí se expande a la sociedad entera. Por contra, el diablo y sus esbirros tienen su propia estrategia, atacar a los pueblos como paso previo para ganarse las almas de los fieles. Es decir, se encargan de bombardear globalmente la Ciudad Católica, valiéndose para ello de ardides sociológicos, económicos, culturales y políticos dirigidos a minar –y luego reconstruir sobre las ruinas– sus perversos fundamentos socio-económicos, políticos, culturales, etc. Finalmente sólo les queda recoger su cosecha de almas enviciadas hacia el mal.

jueves, 9 de abril de 2009

La infalibilidad del Papa


Cristo estableció el fundamento de la Iglesia sobre el ministerio de los doce apóstoles, un ministerio destinado a perdurar hasta el fin del mundo, que iba a tener entre otras la sobrehumana –imposible sin auxilio divino– misión de transmitir la Verdad a todas las generaciones humanas. Para ello Cristo nombra a Simón, "Kephas", o sea, "Piedra" sobre la que edificar la Iglesia.

«Tú eres Piedra, y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella. Te daré las llaves del reino de los cielos y cuanto ates en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desates en la tierra será desatado en los cielos» (Mt 16, 18).

La palabra "Piedra" no tiene aquí el significado de la "primera piedra", como colocada antes que las demás, sino el que Pedro –como cabeza del colegio apostólico– es la roca o base de estabilidad y firmeza de la comunidad mesiánica que Cristo edifica sobre la fe que Pedro es el primero en confesar. La prerrogativa de "atar y desatar" es una confirmación de la altísima extensión de los poderes de Pedro, y además indica que esos poderes, más allá de la persona de Pedro, están destinados a la Iglesia de todos los tiempos, lo que implica una sucesión en la sede papal de Roma. Como se indica en la constitución dogmática "Pastor Aeternus", el que sucede a Pedro en esta cátedra obtiene, por la institución del mismo Cristo, el primado de Pedro sobre toda la Iglesia. «De esta manera permanece firme la disposición de la verdad, el bienaventurado Pedro persevera en la fortaleza de roca que le fue concedida y no abandona el timón de la Iglesia que una vez recibió». Este punto finaliza con una condena expresa para todo aquel que lo negare: «si alguno dijere que no es por institución del mismo Cristo el Señor, es decir por derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en su primado sobre toda la Iglesia, o que el Romano Pontífice no es el sucesor del bienaventurado Pedro en este misma primado: sea anatema».

La potestad del Papa es además plena, en el sentido que no la posee sólo en parte, sino que la posee en toda su plenitud. Es también suprema, porque no está sujeta a otra autoridad en la tierra, y es, por ello, inapelable. También en la "Pastor Aeternus", del Concilio Vaticano I, se halla definida como de fe la doctrina de la infalibilidad del Papa, la cual dice que «el Papa, cuando en ejercicio de su función de pastor universal enseña una verdad revelada como definitiva, no puede estar sujeto a error».

 Debe ser destacado que en la expresión "verdad revelada" están incluidas verdades de fe o de costumbres que proceden del Espíritu Santo, y no opiniones particulares sobre temas terrenales, o incluso políticos. Hoy en día esta infalibilidad papal es imprudentemente contestada e impugnada por algunos, pero si nos fijamos bien es lo más razonable que hay: si la infalibilidad no se diera, Cristo habría dejado a su Iglesia en el mismo caos doctrinal e inseguridad que ahora se encuentra entre los Protestantes. Todo serían opiniones diversas. ¿Qué certeza ofrecerían las disposiciones doctrinales, o sobre lo que es o no pecado mortal, si sus enseñanzas sólo tuvieran una garantía de probabilidad humana?. Sin esta infalibilidad las ovejas estaríamos desamparadas. Sin embargo, Cristo prometió la asistencia del Espíritu Santo para conducir a sus discípulos a la Verdad, y cumplió su promesa en Pentecostés. La infalibilidad del Papa no es más que la asistencia continua del Espíritu Santo. Además hay que darse cuenta que sin ella ¿cómo podría Pedro, y su sucesor el Papa de Roma, confirmar en la fe a sus hermanos (Lc 22,32)?, ¿y cómo Dios iba a castigar a quien no creyera (Mc 16,16)?.

También es infalible, por la misma razón, la doctrina emanada de los Concilios ecuménicos, siempre que se obre en comunión con el Papa, y asimismo es infalible en la Iglesia su Magisterio ordinario universal. Especialmente esta infalibilidad se hace ostensible en la interpretación de las Escrituras, y debe ser resaltado que ningún pasaje de las Escrituras puede interpretarse por cuenta propia contra el sentido unánime de los SS. Padres o de la Iglesia (Conc. Tridentino, Conc. Vaticano I).

domingo, 1 de marzo de 2009

Intentos de demolición de la Sociedad


Toda familia cristiana es una sociedad sagrada, pues ha sido consagrada sacramentalmente por los ministros de la Iglesia. Realmente, cuando nombramos "la Sociedad", como concepto universal, deberíamos entender por ello a "la Familia" y no al "conjunto de individuos de una nación" como es sostenido por el dogma liberal hoy imperante. La familia cristiana como sociedad natural es muy anterior al concepto de 'nación' conformado tras la Revolución francesa. En toda Sociedad ordenada cristianamente, como lo es la familia, debe existir una autoridad jerárquica, de lo contrario surge la anarquía. Muy bien lo saben los enemigos de la Iglesia, por eso trabajan para erosionarla, incluso, para aniquilarla.

En la familia cristiana, el jefe es el padre, con derecho a mandar a la esposa y a los hijos en las cosas relacionadas con el bienestar de la familia y la educación de los hijos. La madre tiene derecho a mandar a los hijos, pues sin ese derecho no podría educarlos, que, por cierto, es su principal oficio. Los hijos tienen el deber de obedecer al padre y a la madre. Otros miembros de la familia, como abuelos, tías solteras, etc., mientras cohabitan en el hogar familiar, están bajo el mando del padre y de la madre, pero como portadores del patrimonio familiar de la tradición –que es el nexo de unión con las generaciones anteriores– tienen la potestad del consejo.

La Familia Sagrada de Nazaret es el modelo de esta sociedad familiar, por eso determinó Dios que hubiera en ella esa jerarquía de derechos. A San José, como jefe, le comunica Dios las ordenes de huir a Egipto y de regresar. María obedece al esposo, y el niño Jesús obedece a los dos. Atendiendo a la dignidad de las personas de esta Familia, Jesús es de dignidad infinitamente superior a la de los dos esposos. La dignidad de María es inmensamente superior a la de José. Atendiendo a la dignidad de las personas el orden jerárquico debía ser: Jesús-María-José. Sin embargo, como Familia es José-María-Jesús. Jesús obedecía en todo a sus padres (Luc 2,51b). Mientras estaba sujeto al orden familiar, obedece y no manda en nada aquel a quien obedecen los cielos y la tierra. María, la más excelsa de las criaturas, manda a su Creador, pero obedece a un hombre, cuyos meritos son incomparablemente inferiores a los suyos.

Entre la familia, que es la sociedad natural, y el Estado, encargado de gobernar al conjunto de todos las familias hacia el bien común –físico y moral–, se encuentran las "sociedades intermedias", tales como: el pueblo, la aldea, la cofradía. la hermandad religiosa, los gremios artesanales y de oficios (cuando aún existían)... todas con su autoridad legítima. En una sociedad ordenada cristianamente, todo superior legítimo ostenta la autoridad de Dios; es un representante suyo, y obedecerle a él supone obedecer a Dios. Por eso, la obediencia al superior no se fundamenta en que éste posea mayor fuerza, poder, inteligencia, o lo que sea, sino en que éste es el orden que Dios ha querido. Los rebeldes dicen que obedecer destruye la personalidad. Gran mentira. La personalidad es el valor total verdadero de la persona humana. Es la resultante de todos los valores naturales y sobrenaturales del hombre. Y cuanto más se perfeccionen esos valores, más se perfecciona la personalidad humana. La obediencia, lejos de destruir esos valores, los perfecciona, robusteciendo la voluntad, al acostumbrarse a sobreponerse a las inclinaciones desordenadas de su naturaleza herida por el pecado. Por su parte, los que detentan una autoridad legítima, no deben hacerlo despóticamente, sino, como señala San Pedro, gobernando a los que están a su cargo, de buena gana, en lugar de a la fuerza, como Dios quiere, con generosidad, y no por sórdida ganancia; no cómo déspotas sobre la heredad del Señor, sino convirtiéndose ellos mismos en modelo.(1 Ped. 5,1-3).

En nuestros días hay toda una Revolución en acción, formada por una multitud de hombres seducidos por los demonios, que trabaja por destruir este orden. Para ello se ataca a las autoridades legítimamente establecidas allí donde las hubiera, destruyendo el orden natural entre los ciudadanos. Se ataca despiadadamente a la familia, primeramente fue con leyes promotoras de divorcios, después se impusieron modelos perversos de familia, adulterando sacrílegamente el significado del matrimonio, que de Sacramento de la Iglesia, lo convierten en reducto de sodomía. A los jóvenes se les induce a revelarse contra los padres, contra la Iglesia Se divide a la sociedad en comarcas o en clases, de modo que unas odien a las otras. Se destruye la relación filial entre patronos y empleados. Se ataca a la Santa Madre Iglesia en todos sus aspectos, en especial en la moral y valores tradicionales. Se insta al abandono de la Fe, promoviendo la desobediencia, la contestación y la indecencia en las costumbres. Así está ya avanzada la guerra para construir el Reino del Anticristo... En esta lucha abierta sobre el campo de batalla, ocupan un lugar muy importante los trabajadores, ayer humildes,…; pues ellos estuvieron soportando sobre sus hombros el fardo enorme de todos los despotismos creados por el liberalismo, y porque la desgracia los ha hecho abrir grandemente los ojos y conocer su número y las ventajas de la organización. En cambio, hoy, engañados por el neomarxismo se han organizado en su mayor parte bajo la bandera del odio. Pero toda tendencia revolucionaria está condenada al crimen en su actuación y a la derrota en sus resultados. La única renovación que puede ser cimiento sólido, fundamento indestructible del auténtico orden social, es la renovación espiritual de las energías humanas: el amor interno, fuerte, del hombre hacia el hombre, imposible sin Cristo, el verdadero obrero que ha roto con su martirio todos los despotismos.

jueves, 19 de febrero de 2009

La Iglesia Católica custodia de la Verdad


(San Pedro con la llave, por el Greco)

Por decir que sólo la Iglesia Católica es depositaria de la Verdad, algunos acusan de "arrogancia" a los católicos, pero como señala el cardenal y teólogo Ratzinger (hoy S.S. Benedicto XVI): «¿No es una arrogancia decir que Dios no nos puede dar el regalo de la verdad?»; y añade «¿No es un desprecio de Dios decir que hemos nacido ciegos y que la verdad no es cosa nuestra?». La «verdadera arrogancia» consiste en «querer ocupar el puesto de Dios y querer determinar quiénes somos, qué hacemos, qué queremos hacer de nosotros y del mundo». Por tanto, «lo único que podemos hacer es reconocer con humildad que somos mensajeros indignos que no se anuncian a sí mismos, sino que hablan con santa timidez de lo que no es nuestro, sino de lo que proviene de Dios»

Todos sabemos que sólo existe un Dios verdadero, eterno, omnipotente, creador de cielos y tierra, que nos ha dejado una única Iglesia –la Iglesia Católica– garante de la religión verdadera, custodia de la Revelación divina; los otros dioses son falsos y sus religiones igualmente falsas [1]. Es un error –cuando no es un engaño diabólico– pensar que todos los dioses en el fondo son el mismo dios. ¿Cómo pueden ser el mismo dios si son esencialmente contrarios entre sí?
Así el Dios predicado por la Iglesia Católica es uno y trino, los otros no. Nuestro Dios ha creado cielos y tierra, los otros no. Nuestro Dios se ha revelado al mundo enviando a su Hijo Jesucristo, los otros no. Si todos los dioses fueran el mismo, se daría la paradoja de que el mismo dios ha inspirado libros sagrados como el Corán, la Biblia o los Vedas, que son contradictorios entre sí. Igualmente habría fundado estas religiones que son contrarias entre sí. Por ejemplo, el islamismo admite la poligamia, el cristianismo la condena. Entonces Dios estaría contradiciéndose y sería un mentiroso.

No; sólo existe un Dios verdadero y una religión verdadera que El ha fundado. Los demás dioses son falsos, no existen; son creaciones de la fantasía del hombre. Por eso cuando Moisés recibió el Decálogo, le dijo Dios: «No tendrás otro Dios más que a Mí». En la Biblia se nos habla constantemente del Dios verdadero y de los dioses falsos que nunca han existido.
El profeta Jeremías dice: « El Señor es el verdadero Dios, el Dios vivo y Rey eterno. Si Él se enoja, tiembla la tierra y todas las naciones son impotentes ante su cólera. Así, pues, habéis de decir a los gentiles: dioses que no han hecho ni los cielos ni la tierra, desaparecerán de la tierra y de debajo de los cielos» (10, 10s).

Pero hay más todavía. Detrás de esos dioses y religiones falsos se esconde el demonio, de modo que esos dioses falsos son los demonios. Esto no es una opniión personal, lo dice la Sagrada Escritura: «todos los dioses de los gentiles son demonios, pero el Señor, nuestro Dios, hizo los cielos» (Sal. 95).

Nota [1]: La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él, si bien fuera de su estructura se hallan muchos elementos de santidad y verdad que son bienes propios de la Iglesia de Cristo. (Lumen Gentium I,8)

martes, 3 de febrero de 2009

Engordando para el día de la Matanza


Mucho se habla de cambios climáticos y de crisis económicas pasajeras... pero no son tales sino plagas divinas. Pues el fin dramático de esta era se cierne sobre nosotros. Hay quien mete su cabeza en un hoyo para no reconocerlo, pero es así. Esto debe ser dicho clara e inequívocamente para que cada persona de este mundo se entere. No es posible abortar a millones de fetos humanos, destruir la familia tradicional cristiana, blasfemar y calumniar a la Iglesia de Cristo y burlarse de las leyes divinas, sin que se coseche el fruto de lo que se ha sembrado. En nuestros días, los gobiernos y ciudadanos de las naciones están sembrando "muerte", por consiguiente, cosechan "plagas divinas".

«El Señor, Dios de Israel, me dijo: mira esta copa llena del vino de mi Ira. Tómala y dásela a beber a todas las naciones a las que Yo te envíe. Beberán de ella, y se turbarán y enloquecerán al ver la espada que Yo desenvainaré contra ellas». (Jer. 25,15-16)

La Historia es la confluencia de dos voluntades libres: la de Dios y la del hombre. Dios indica aquello que es recto para el hombre, entonces el hombre opta por hacer el bien o el mal, Dios responde bendiciéndole o maldiciéndole. La relación de Dios con su Pueblo se ha establecido siempre por medio de lo que se llama una “Alianza”. Una de las primeras fue la Alianza de Dios con Abraham: a cambio de tener fe en Dios, el Señor prometió a Abraham una tierra fértil y una descendencia innumerable. Cuando los israelitas estaban por el desierto habían roto su parte de la Alianza, pues habían perdido la fe y habían tomado ídolos falsos. Fue entonces cuando el Señor hizo otra alianza con Moisés (llamada “Antigua Alianza”). Dios concedió, escrita, al pueblo de Israel la Ley y les dijo: “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi Pueblo”, a cambio ellos debían cumplir la Ley. Pero Israel se burló y maltrató a los profetas enviados por Dios para reprender a los príncipes judíos , y finalmente envió a Su Hijo con la esperanza que a Él sí le escucharan y respetaran. No lo hicieron. Cristo, ante la obstinación de Israel, estableció un "Nuevo Israel" (la Iglesia Católica) sobre la que derramó el Espíritu Santo, y con ello se inició la "Nueva Alianza" en la que el Evangelio está grabada en los corazones de los hombres.

Hoy vilipendian la Nueva Alianza, la persiguen, la derriban, escupen encima de ella, la pisotean... machacan sus despojos. Mientras Dios calla esperando su Día. ¿ Pero cómo puede haber personas inteligentes pensando que la Creación y la Salvación puedan ser subvertidas alegremente por el hombre sin que Dios intervenga para impedirlo ?.

«Esto dice el Señor: Mira, ya se acerca el fin, y va a venir desgracia tras desgracia; he aquí que el fin ya llega. Se acerca el día del exterminio de los que habitan esta tierra. Entonces se acabará la alegría en las montañas... ¡Aquí está el día!, ¡Ya llega la destrucción! . La maldad triunfa por todas partes y es mucha la insolencia. Pero ellos no lograrán nada con sus riquezas y su griterío. (Eze. 7,5- 7,10).

Aún así, algunos piensan: «¿Y si aparecen 'Obamas' capaces de traer estabilidad al mundo?, ¿y si los políticos llegan a acuerdos y la tensiones internacionales finalizan?, ¿y si los sistemas financieros se recuperan?, ¿y si todos los parados obtienen un puesto de trabajo digno?, ¿y si se llega a un verdadero año de paz y prosperidad en las naciones?». No sirve de nada, esa falsa paz y prosperidad es el verdadero problema. Porque no hay mayor guerra que destruir a los inocentes en el seno de sus madres, y no hay mayor pobreza que la espiritual provocada por esa perversa "ingeniería social" de los enemigos de Cristo. Y a eso se dedican los políticos laicistas de nuestras naciones. A diseñar una sociedad sin Dios, sin Iglesia Católica y sin vestigio de cuanto sagrado hay sobre la faz de la tierra. ¡Estos políticos se dedican a diseñar el Reino de Satanás sobre este mundo!. Multitud de hombres y demonios forman hoy una maldita sociedad simbolizada por "una serpiente" cuya cabeza será pronto machacada por el pie de la Mujer. Pues sí, una era de auténtica Paz está a punto de llegar, pero no antes que la era actual sea reducida a cenizas. Dramáticamente aprenderemos que la Paz auténtica no la diseñan los hombres sino que es patrimonio de Cristo, en nombre de la Santísima Trinidad, y es dispensada a través de la Santa Iglesia Católica. Allí tendrán que acudir a buscarla todas las naciones supervivientes, grandes y pequeñas, poderosas y miserables, laicas e imperiales, islamistas, y, también, al final, Israel.

lunes, 2 de febrero de 2009

Consagración de España


La palabra consagración se deriva de verbo consagrar. Con ella se expresa tanto la acción de consagrar como el hecho de ser Consagrado. Consagrar, en sentido teológico, es lo mismo que: santificar, divinizar, sacralizar o sacrificar. Todos estos términos implican relacionarse directamente con Dios, ser introducido en el ámbito de lo Sagrado, de lo Divino o de lo Santo, es decir, en el ámbito de la Divinidad.

A Dios se consagran los templos, los utensilios religiosos dedicados al Culto... pero también se consagran las personas, las familias y las naciones. Por parte del hombre o de la comunidad social, consagrarse es: entregarse plenamente el sujeto a Dios, dejarse poseer libremente por Él, disponerse a ser acogido activamente la acción santificadora de Dios, y un darse a Él sin reservas, en respuesta a la previa autodonación de Dios y bajo el impulso de su gracia. Los sacerdotes y los religiosos son consagrados porque van a dedicarse plena y de manera muy especial a Dios, aunque todo los bautizados somos consagrados, en el Bautismo, por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo" (LG 10). El bautismo es una real inserción en Cristo y en su misterio de muerte y de resurrección. Es una verdadera configuración con Cristo en su condición filial y fraterna y, por eso mismo, es una verdadera consagración. La consagración bautismal supone una presencia activa y permanente de Dios en nosotros, una especie de presencia sacerdotal que nos convierte en ofrenda y en sacrificio, y que nos hace posesión plena de Dios.

Además los cristianos llevamos a cabo consagraciones específicas para momentos o motivos especiales, por ejemplo, el Papa Pío XI estableció la consagración del genero humano a Cristo Rey, y no olvidemos que las consagraciones al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María se han venido haciendo por generaciones de familias cristianas, y han sido recomendadas por santos, como San Luis Mª Grignon de Monfort, incluso la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María –por parte de todos los obispos del mundo– fue explícitamente solicitada por Nuestra Señora de Fátima como condición "sine qua non" para la paz de la Humanidad como un todo (lamentablemente esta última consagración aún no se ha logrado hacer). En nuestros días la consagración por parte de las familias a los dos Corazones es una de las peticiones más repetidas a las videntes en cada aparición mariana.

Es conveniente, pues, repasar las consagraciones oficiales que se han venido realizando en los últimos tiempos en nuestra nación. España fue consagrada solemnemente al Sagrado Corazón de Jesús, por el rey Alfonso XIII, el día 30 de Mayo de 1919, fiesta del gran impulsor de la Reconquista contra la invasión del Islam, el rey Fernando III el Santo. El lugar elegido para ello fue emblemático, el Cerro de los Ángeles, próximo a Madrid y centro geográfico de la península ibérica. La consagración de España al Inmaculado Corazón de María se hizo en 1954 –Año Santo Mariano con motivo del centenario del Dogma de la Concepción Inmaculada de María. Se realizó en Zaragoza, precisamente el día 12 de Octubre de 1954, fiesta de la Virgen del Pilar, por el Jefe del Estado, Francisco Franco, en presencia del Cardenal Legado del Papa y el Nuncio del Vaticano, y con la asistencia del gobierno en pleno, de casi la totalidad del Episcopado y de una multitud de 200.000 fieles. Esta consagración fue ratificada hace poco tiempo en el mismo lugar, el Pilar de Zaragoza, el 22 de Mayo de 2005, por los Obispos Españoles y ante la ausencia total de miembros del gobierno.