domingo, 17 de mayo de 2009

El combate a la ciudad católica



Hay en este mundo dos ciudades antagónicas –escribía san Agustín–, una la carnal fundada en el amor de sí mismo, y otra, la espiritual fundada en el amor de Dios. Cada una tiene su propio modo de vivir y su finalidad. La primera busca el gozo en este mundo, no así la segunda. La primera se gloría en sí mismo, en sus propias potencias, en sus logros, en sus conquistas, y en el dominio de las criaturas. La segunda si se gloría en algo es en conocer y comprender al Señor, y en practicar el derecho y la justicia en medio de la tierra. Las dos ciudades pueden coexistir mezcladas, aunque en algunos tiempos destaca netamente una sobre la otra. El destino final de los ciudadanos es asimismo completamente opuesto . A los de la ciudad terrena les corresponderá una eternidad de dolor tanto físico como moral, en cambio, a los santos de la ciudad de Dios les corresponderá la bienaventuranza eterna.

En este tiempo que nos toca vivir, gran parte del siglo XX e inicios del XXI, es evidente que impera la ciudad carnal. La ciudad de Dios alcanzó su plenitud en el siglo XIII, con la expansión de los monasterios, la proliferación de grandes santos y filósofos, la sociedad ordenada hacia Dios a través de la Iglesia... En el Magisterio de la Iglesia se entiende por "Ciudad Católica" a la Sociedad entera ordenada globalmente de acuerdo al plan de Dios. Así, por ejemplo, en el documento apostólico "Notre Charge Apostolique", del 25 Agosto 1910, el papa S. Pío X, rechazando la torpe idea de democracia cristiana de Le Sillon, escribe:

«No se edificará la ciudad de una manera diferente a como Dios la ha edificado; no se levantará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido, existe; es la Civilización Cristiana. Es la Ciudad Católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre los fundamentos naturales y divinos, sobreponiéndola a los ataques siempre nuevos de la utopía moderna, de la Revolución y de la impiedad. Omnia instaurare in Christo».

Así la Ciudad Católica es un ordenamiento total, completo y global orientado hacia el Bien. Cristo operando sobre las almas de los hombres, y a través de la mediación de la Iglesia, edifica la Ciudad Católica. Hombres y mujeres absolutamente cristianos establecen familias cristianas, una estructura económico-social cristiana y un orden político cristiano. León XIII en "Immortale Dei" nos recuerda que la Ciudad Católica fue una realidad en el mundo:

«Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina había penetrado en sus leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se colocaba firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades».

No debemos confundir entre la Ciudad Católica y el Cristianismo (la Iglesia Católica). Esta última es indestructible, en virtud de la promesa de Cristo (Mt 16, 18). No así la primera, como ya ha quedado demostrado netamente en la historia. La Ciudad Católica es una realidad distinta y absolutamente separable de la Iglesia y del Cristianismo. La Iglesia es inmanente y trascendente a la Ciudad Católica. La Iglesia, aunque posea una organización perceptible de magisterio, gobierno y culto, en sí es una realidad mística que asistida por el Espíritu Santo prolonga entre los pueblos la presencia real de Cristo, y esto no es generalmente percibido por los ojos de la carne. En una sociedad secularizada, materialista y totalmente hostil a Cristo, la Ciudad Católica puede llegar a ser aniquilada, sin embargo, la Iglesia subsistiría en algunas almas viviendo en comunidad o aisladamente, así como sucedió en la Roma de los mártires o en la Rusia de Stalin, en la que sólo unos cuantos fieles continúan viviendo –penosamente y contracorriente– la Fe entre el total de la sociedad descreída.

El diablo y todas las potencias del mal guerrean incansablemente para destruirla. En su numerosísimo ejercito ondea una bandera con el lema "Revolución anticristiana", sus armas son las herejías y cismas, el engaño sistemático, la infiltración en toda institución civil y religiosa, la perversión de las costumbres, la impiedad, el materialismo, las modas indecentes, la pornografía, promoviendo todo un pensamiento, filosofía y arte corrompidos, una cultura de la muerte, y un adoctrinamiento en las escuela.

La guerra sistemática a la Ciudad Católica –así como a la Iglesia– está asociada al misterio de la Iniquidad. Tras la caída del hombre en el Paraíso, en la naturaleza humana anida la malicia, la cual emerge en sus acciones y sus obras. A esto se añade la actividad de los ángeles caídos (los demonios), que fueron rebeldes a Dios, por lo que la Creación se halla alterada por un elemento de perturbación y desorden. Dios crea el Bien, pero la criatura, eligiendo su propio y particular bien y burlándose del bien divino, introduce el mal en la Creación. Los demonios, también desde el principio del tiempo, andan induciendo a los hombres a pecar. Todo ello significa el mal operando por doquier, tanto en el universo físico como en el espiritual. Antes de la Redención, el hombre en este mundo se hallaba desorientado espiritualmente, inclinado a buscar los bienes sensibles y ajeno a los espirituales. De aquí surgen todos los pecados, de soberbia, de avaricia, de lujuria... El hombre era entonces esclavo del pecado –la verdadera esclavitud–. Cristo, Hijo de Dios, se encarnó en una Virgen y trajo al hombre la Redención, tal como estaba escrito en las profecías. Y, como también estaba escrito, la Redención hubo de ser realizada de manera cruenta, con derramamiento de abundantisima Sangre, combatiendo contra la inicua alianza que forman el pecado, el mundo y el demonio. Y Cristo obtuvo una total y definitiva victoria en este combate.

¿Por qué siguen actuando en este mundo las potencias del mal... si ya han sido derrotadas?. Es porque la guerra se prolonga en la Historia de la Iglesia. Cristo, como cabeza de la Iglesia, venció y ascendió a los Cielos, como primicia. Entonces, la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, permanece aquí para cumplir la misión encomendada, esto es, predicar el Evangelio a todo el mundo y bautizar a los que creyeren. En las almas de los cristianos, y globalmente en el seno de la Iglesia, se ha de cumplir el combate librado entre Cristo y Satanás por la conquista de las almas, cuyo valor es preciosísimo, pues una sola alma supera en valor a todo el universo. La Ciudad Católica comienza en las almas de las personas, cuando en ellas habita el Divino Espíritu y de allí se expande a la sociedad entera. Por contra, el diablo y sus esbirros tienen su propia estrategia, atacar a los pueblos como paso previo para ganarse las almas de los fieles. Es decir, se encargan de bombardear globalmente la Ciudad Católica, valiéndose para ello de ardides sociológicos, económicos, culturales y políticos dirigidos a minar –y luego reconstruir sobre las ruinas– sus perversos fundamentos socio-económicos, políticos, culturales, etc. Finalmente sólo les queda recoger su cosecha de almas enviciadas hacia el mal.

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