jueves, 19 de febrero de 2009

La Iglesia Católica custodia de la Verdad


(San Pedro con la llave, por el Greco)

Por decir que sólo la Iglesia Católica es depositaria de la Verdad, algunos acusan de "arrogancia" a los católicos, pero como señala el cardenal y teólogo Ratzinger (hoy S.S. Benedicto XVI): «¿No es una arrogancia decir que Dios no nos puede dar el regalo de la verdad?»; y añade «¿No es un desprecio de Dios decir que hemos nacido ciegos y que la verdad no es cosa nuestra?». La «verdadera arrogancia» consiste en «querer ocupar el puesto de Dios y querer determinar quiénes somos, qué hacemos, qué queremos hacer de nosotros y del mundo». Por tanto, «lo único que podemos hacer es reconocer con humildad que somos mensajeros indignos que no se anuncian a sí mismos, sino que hablan con santa timidez de lo que no es nuestro, sino de lo que proviene de Dios»

Todos sabemos que sólo existe un Dios verdadero, eterno, omnipotente, creador de cielos y tierra, que nos ha dejado una única Iglesia –la Iglesia Católica– garante de la religión verdadera, custodia de la Revelación divina; los otros dioses son falsos y sus religiones igualmente falsas [1]. Es un error –cuando no es un engaño diabólico– pensar que todos los dioses en el fondo son el mismo dios. ¿Cómo pueden ser el mismo dios si son esencialmente contrarios entre sí?
Así el Dios predicado por la Iglesia Católica es uno y trino, los otros no. Nuestro Dios ha creado cielos y tierra, los otros no. Nuestro Dios se ha revelado al mundo enviando a su Hijo Jesucristo, los otros no. Si todos los dioses fueran el mismo, se daría la paradoja de que el mismo dios ha inspirado libros sagrados como el Corán, la Biblia o los Vedas, que son contradictorios entre sí. Igualmente habría fundado estas religiones que son contrarias entre sí. Por ejemplo, el islamismo admite la poligamia, el cristianismo la condena. Entonces Dios estaría contradiciéndose y sería un mentiroso.

No; sólo existe un Dios verdadero y una religión verdadera que El ha fundado. Los demás dioses son falsos, no existen; son creaciones de la fantasía del hombre. Por eso cuando Moisés recibió el Decálogo, le dijo Dios: «No tendrás otro Dios más que a Mí». En la Biblia se nos habla constantemente del Dios verdadero y de los dioses falsos que nunca han existido.
El profeta Jeremías dice: « El Señor es el verdadero Dios, el Dios vivo y Rey eterno. Si Él se enoja, tiembla la tierra y todas las naciones son impotentes ante su cólera. Así, pues, habéis de decir a los gentiles: dioses que no han hecho ni los cielos ni la tierra, desaparecerán de la tierra y de debajo de los cielos» (10, 10s).

Pero hay más todavía. Detrás de esos dioses y religiones falsos se esconde el demonio, de modo que esos dioses falsos son los demonios. Esto no es una opniión personal, lo dice la Sagrada Escritura: «todos los dioses de los gentiles son demonios, pero el Señor, nuestro Dios, hizo los cielos» (Sal. 95).

Nota [1]: La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él, si bien fuera de su estructura se hallan muchos elementos de santidad y verdad que son bienes propios de la Iglesia de Cristo. (Lumen Gentium I,8)

martes, 3 de febrero de 2009

Engordando para el día de la Matanza


Mucho se habla de cambios climáticos y de crisis económicas pasajeras... pero no son tales sino plagas divinas. Pues el fin dramático de esta era se cierne sobre nosotros. Hay quien mete su cabeza en un hoyo para no reconocerlo, pero es así. Esto debe ser dicho clara e inequívocamente para que cada persona de este mundo se entere. No es posible abortar a millones de fetos humanos, destruir la familia tradicional cristiana, blasfemar y calumniar a la Iglesia de Cristo y burlarse de las leyes divinas, sin que se coseche el fruto de lo que se ha sembrado. En nuestros días, los gobiernos y ciudadanos de las naciones están sembrando "muerte", por consiguiente, cosechan "plagas divinas".

«El Señor, Dios de Israel, me dijo: mira esta copa llena del vino de mi Ira. Tómala y dásela a beber a todas las naciones a las que Yo te envíe. Beberán de ella, y se turbarán y enloquecerán al ver la espada que Yo desenvainaré contra ellas». (Jer. 25,15-16)

La Historia es la confluencia de dos voluntades libres: la de Dios y la del hombre. Dios indica aquello que es recto para el hombre, entonces el hombre opta por hacer el bien o el mal, Dios responde bendiciéndole o maldiciéndole. La relación de Dios con su Pueblo se ha establecido siempre por medio de lo que se llama una “Alianza”. Una de las primeras fue la Alianza de Dios con Abraham: a cambio de tener fe en Dios, el Señor prometió a Abraham una tierra fértil y una descendencia innumerable. Cuando los israelitas estaban por el desierto habían roto su parte de la Alianza, pues habían perdido la fe y habían tomado ídolos falsos. Fue entonces cuando el Señor hizo otra alianza con Moisés (llamada “Antigua Alianza”). Dios concedió, escrita, al pueblo de Israel la Ley y les dijo: “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi Pueblo”, a cambio ellos debían cumplir la Ley. Pero Israel se burló y maltrató a los profetas enviados por Dios para reprender a los príncipes judíos , y finalmente envió a Su Hijo con la esperanza que a Él sí le escucharan y respetaran. No lo hicieron. Cristo, ante la obstinación de Israel, estableció un "Nuevo Israel" (la Iglesia Católica) sobre la que derramó el Espíritu Santo, y con ello se inició la "Nueva Alianza" en la que el Evangelio está grabada en los corazones de los hombres.

Hoy vilipendian la Nueva Alianza, la persiguen, la derriban, escupen encima de ella, la pisotean... machacan sus despojos. Mientras Dios calla esperando su Día. ¿ Pero cómo puede haber personas inteligentes pensando que la Creación y la Salvación puedan ser subvertidas alegremente por el hombre sin que Dios intervenga para impedirlo ?.

«Esto dice el Señor: Mira, ya se acerca el fin, y va a venir desgracia tras desgracia; he aquí que el fin ya llega. Se acerca el día del exterminio de los que habitan esta tierra. Entonces se acabará la alegría en las montañas... ¡Aquí está el día!, ¡Ya llega la destrucción! . La maldad triunfa por todas partes y es mucha la insolencia. Pero ellos no lograrán nada con sus riquezas y su griterío. (Eze. 7,5- 7,10).

Aún así, algunos piensan: «¿Y si aparecen 'Obamas' capaces de traer estabilidad al mundo?, ¿y si los políticos llegan a acuerdos y la tensiones internacionales finalizan?, ¿y si los sistemas financieros se recuperan?, ¿y si todos los parados obtienen un puesto de trabajo digno?, ¿y si se llega a un verdadero año de paz y prosperidad en las naciones?». No sirve de nada, esa falsa paz y prosperidad es el verdadero problema. Porque no hay mayor guerra que destruir a los inocentes en el seno de sus madres, y no hay mayor pobreza que la espiritual provocada por esa perversa "ingeniería social" de los enemigos de Cristo. Y a eso se dedican los políticos laicistas de nuestras naciones. A diseñar una sociedad sin Dios, sin Iglesia Católica y sin vestigio de cuanto sagrado hay sobre la faz de la tierra. ¡Estos políticos se dedican a diseñar el Reino de Satanás sobre este mundo!. Multitud de hombres y demonios forman hoy una maldita sociedad simbolizada por "una serpiente" cuya cabeza será pronto machacada por el pie de la Mujer. Pues sí, una era de auténtica Paz está a punto de llegar, pero no antes que la era actual sea reducida a cenizas. Dramáticamente aprenderemos que la Paz auténtica no la diseñan los hombres sino que es patrimonio de Cristo, en nombre de la Santísima Trinidad, y es dispensada a través de la Santa Iglesia Católica. Allí tendrán que acudir a buscarla todas las naciones supervivientes, grandes y pequeñas, poderosas y miserables, laicas e imperiales, islamistas, y, también, al final, Israel.

lunes, 2 de febrero de 2009

Consagración de España


La palabra consagración se deriva de verbo consagrar. Con ella se expresa tanto la acción de consagrar como el hecho de ser Consagrado. Consagrar, en sentido teológico, es lo mismo que: santificar, divinizar, sacralizar o sacrificar. Todos estos términos implican relacionarse directamente con Dios, ser introducido en el ámbito de lo Sagrado, de lo Divino o de lo Santo, es decir, en el ámbito de la Divinidad.

A Dios se consagran los templos, los utensilios religiosos dedicados al Culto... pero también se consagran las personas, las familias y las naciones. Por parte del hombre o de la comunidad social, consagrarse es: entregarse plenamente el sujeto a Dios, dejarse poseer libremente por Él, disponerse a ser acogido activamente la acción santificadora de Dios, y un darse a Él sin reservas, en respuesta a la previa autodonación de Dios y bajo el impulso de su gracia. Los sacerdotes y los religiosos son consagrados porque van a dedicarse plena y de manera muy especial a Dios, aunque todo los bautizados somos consagrados, en el Bautismo, por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo" (LG 10). El bautismo es una real inserción en Cristo y en su misterio de muerte y de resurrección. Es una verdadera configuración con Cristo en su condición filial y fraterna y, por eso mismo, es una verdadera consagración. La consagración bautismal supone una presencia activa y permanente de Dios en nosotros, una especie de presencia sacerdotal que nos convierte en ofrenda y en sacrificio, y que nos hace posesión plena de Dios.

Además los cristianos llevamos a cabo consagraciones específicas para momentos o motivos especiales, por ejemplo, el Papa Pío XI estableció la consagración del genero humano a Cristo Rey, y no olvidemos que las consagraciones al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María se han venido haciendo por generaciones de familias cristianas, y han sido recomendadas por santos, como San Luis Mª Grignon de Monfort, incluso la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María –por parte de todos los obispos del mundo– fue explícitamente solicitada por Nuestra Señora de Fátima como condición "sine qua non" para la paz de la Humanidad como un todo (lamentablemente esta última consagración aún no se ha logrado hacer). En nuestros días la consagración por parte de las familias a los dos Corazones es una de las peticiones más repetidas a las videntes en cada aparición mariana.

Es conveniente, pues, repasar las consagraciones oficiales que se han venido realizando en los últimos tiempos en nuestra nación. España fue consagrada solemnemente al Sagrado Corazón de Jesús, por el rey Alfonso XIII, el día 30 de Mayo de 1919, fiesta del gran impulsor de la Reconquista contra la invasión del Islam, el rey Fernando III el Santo. El lugar elegido para ello fue emblemático, el Cerro de los Ángeles, próximo a Madrid y centro geográfico de la península ibérica. La consagración de España al Inmaculado Corazón de María se hizo en 1954 –Año Santo Mariano con motivo del centenario del Dogma de la Concepción Inmaculada de María. Se realizó en Zaragoza, precisamente el día 12 de Octubre de 1954, fiesta de la Virgen del Pilar, por el Jefe del Estado, Francisco Franco, en presencia del Cardenal Legado del Papa y el Nuncio del Vaticano, y con la asistencia del gobierno en pleno, de casi la totalidad del Episcopado y de una multitud de 200.000 fieles. Esta consagración fue ratificada hace poco tiempo en el mismo lugar, el Pilar de Zaragoza, el 22 de Mayo de 2005, por los Obispos Españoles y ante la ausencia total de miembros del gobierno.

jueves, 1 de enero de 2009

El linaje de David


* Cristo tiene derecho legal al trono de David, pero por parte materna
Vamos a intentar aclarar este asunto, que por cierto, era bien conocido antiguamente por los católicos, y sin embargo, hoy día es ignorado por la mayoría a pesar de tener importantes implicaciones teológicas.
Hay que comenzar diciendo que tanto san José como la santísima Virgen María son del linaje de David. José desciende de David por la línea de su hijo Salomón que había tenido con la mujer de Urías, mientras que María desciende de David por la línea de su segundo hijo, Natán, y aunque alguien podría pensar que María, como mujer, no poseería ni trasmitiría ningún derecho de sucesión al trono, se equivocaría, como veremos aquí, pues se dieron las coincidencias favorables para ello.
Tras la caída del Paraíso la historia humana, aunque compleja en sus ramificaciones exteriores, se reduce a una guerra continua de Satanás contra el plan redentor del Mesías. La estirpe de la Serpiente contra la estirpe de la Mujer. En tiempo de Noé la iniquidad y el pecado estaban tan extendidos, que Dios se "arrepintió" de la creación del hombre (Gn 6,6). En aquel tiempo la maldad del hombre era de tal calibre, que ya no era digna de seguir subsistiendo. Dios dejó de mantener la subsistencia de la humanidad, salvo para Noé y su familia, pues Noé había hallado «gracia ante Dios» (Gn 6,8).
Para el tiempo de Jacob, nuevamente la corrupción y el pecado se habían extendido, y sólo su hijo Judá mantenía un grado de pureza digno de mantener el linaje mesiánico. En las "bendiciones de Jacob" se hace una profecía mesiánica de alcance: «Nadie le quitará el poder a Judá, ni el cetro que lleva hasta que llegue...» (Gn 49,10). El linaje mesiánico se hallaba pues en Judá, de cuyos tres hijos a dos envió Dios pronto la muerte debido a su maldad dentro de su matrimonio –uno tras otro– con Tamar (Gn 38). Judá intentó proteger al hijo restante, para ello evitó casarle también con Tamar, y ésta –bajo la insidia de Satanás– urdió un engaño disfrazándose de prostituta y yaciendo con Judá, de cuya unión incestuosa –Tamar era nuera, o sea, hija legal de Judá– nacieron los gemelos Fares y Zará. Pero estos gemelos al ser hijos bastardos, y además ser fruto de un acto incestuoso, quedaban especialmente malditos ante Dios hasta la décima generación (Deut. 23,2).
Satanás había conseguido un triunfo parcial, el linaje de Judá estaba quebrantado. Varios siglos después, David nace en Belén, de la línea maldita de Judá, pero en ese momento se habían completado ya las diez generaciones de la maldición divina. Con David, pues, se retoma el linaje mesiánico. Los reyes hebreos que seguían la línea davídica, desde Salomón en adelante, fueron de mal a peor ante los ojos de Dios. Hasta llegar a la perversión extrema con el rey Jeconías, a quien Dios declara una maldición de su linaje:
«... ninguno de su linaje llegará a ocupar el trono de David para reinar en Judá ».(Jer 22,30b).
Y resulta que san José era del linaje de Jeconías como se ve en Mt 1,11ss, por tanto, aunque es sabido que Cristo no portaba la sangre de José (aquellos que mantienen la no divinidad de Cristo, aquí tienen una inequívoca prueba de la inconsistencia de su creencia), el linaje davídico le venía a Cristo por otra vía. María era también descendiente de David, pero por la línea de Natán –un linaje al que no le afecta la maldición a Jeconías– a través del esposo de santa Ana, san Joaquín, llamado también "Helí" -en algunos textos. Pero hay un aparente problema legal, las leyes divinas no permiten la transmisión de los derechos sanguíneos a las mujeres (Deut. 21,16a).
La solución se halla en la historia de las hijas de Salfaad (Núm. 27). Salfaad sólo tenía hijas, y a su muerte, las hijas se presentaron ante Moisés, el sacerdote Eleazar y todos los caudillos del pueblo, alegando que no era razonable que al haber muerto su padre sin dejar ningún varón ellas debieran ser desheredadas. Moisés consultó a Dios, quien le contestó con una regla universal para los hijos de Israel:
« Cuando un hombre muriere sin hijos varones los derechos hereditarios pasarán a su hija, ... ».(Núm. 27,8)
Pero para ello era preciso una condición sine qua non, si tal hija heredera se casaba debería hacerlo con un hombre de su propia tribu. (Núm. 36,6). Ahora bien, María no tenía hermanos varones, y como se comprueba en el evangelio de Lucas, se casó con un hombre, José, que era de su propia tribu, la de Judá. En este caso parece como si Jesús no pudiera reclamar para sí el trono davídico, pues éste le pertenecería legalmente a su madre María, pues sí cumplía los requisitos para ello. Sin embargo, Jesús tiene este derecho al trono por ser –y sólo por ser– el Cristo (el Mesías de Israel), pues ello lo refrendan todas las profecías mesiánicas, por ejemplo: « la virgen en cinta dará a luz un hijo, al cual llamará Emmanuel ... ».(Is. 7,14), (Miq. 5,2). Solamente la Virgen María cumple las dos condiciones de "las hijas de Salfaad" más la de la virginidad materna, por lo que hereda el derecho al trono y lo transmite al Mesías de Israel.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Definiciones de 'pecado'




* ¿Es el pecado una realidad objetiva?


Hoy existe todo un conjunto de corrientes de pensamiento desviadas que quieren olvidar la realidad del pecado, y desean vivir como si éste no existiera en el mundo. Según ellos, el pecado es el simple hecho de que los hombres nos equivocamos en nuestras opciones morales y "a veces, elegimos erróneamente hacer el mal". Aquí nos hallaríamos ante la definición a la que se acogen muchos protestantes, «pecado es una opción moral errónea del hombre».
Hay que acudir a la doctrina Católica, garante de la Verdad, para explicar el verdadero sentido del pecado. Y antes de comenzar por dar su definición, hay que repasar su historia –no olvidemos que la doctrina Católica es sobre todo una Historia sagrada–, y he aquí que el pecado es el núcleo del llamado misterio de la Iniquidad.

Es un punto central de la Revelación cristiana el hecho de que Cristo ha venido al mundo para salvarnos del pecado, y para hacernos participes de su muerte redentora y de su resurrección, y alcanzarnos una nueva vida como miembros de la divina familia como hijos de Dios y hermanos del Verbo eterno. El primer acto del pecado, narrado en Gen 3,1-14, es la violación deliberada de un precepto divino por nuestros primeros padres. Pero se trata de algo mucho más allá que la violación de un tabú, la enseñanza consistente del Antiguo Testamento muestra ese primer pecado como "una perversa rebelión contra Dios", porque el pecado está fundado en la libertad y consiste en "el abuso del libre albedrío", el cual es un don de Dios. La Sagrada Escritura muestra una y otra vez cómo el pecado es una ofensa a Dios, no en cuanto daña a Dios, lo cual es imposible, sino en cuanto a que daña al hombre, imagen de Dios y llamado a participar de su vida.

Lo cierto es que el primer pecado de Adán y Eva los hirió, los alienó de Dios, los alienó del uno respecto del otro y los alienó de sí mismos. Todo lo cual supuso la caída del hombre, la degradación de su naturaleza humana, que le privó de ser hombre del Paraíso para pasar a ser hombre terrenal, sometido a la corrupción, a la enfermedad, al alejamiento de Dios, a la concupiscencia, a la muerte. De una manera misteriosa, ese pecado original pasó a transmitirse a cada uno de sus descendientes (exceptuando a la Santísima Virgen María, concebida inmaculadamente por privilegio divino), la degradación se apoderó de todo hombre sobre la tierra, y los Cielos quedaron cerrados para el genero humano.

* Definición católica de 'pecado'.

Una vez conocida el comienzo de la historia del pecado, podemos pasar a su definición, tomando para ello la que da san Agustín en "De Libero Arbitrio": «El pecado es un mal infinito cometido por el hombre mediante la aversión del bien inconmutable y la conversión a los bienes mutables». En esta definición se aprecian tres aspectos, por una parte, la opción del pecador hacia un bien creatural, y por otra el rechazo a Dios (bien inconmutable). El hombre que comete un pecado mortal opta por un determinado bien, y acepta el alejamiento de Dios como medio para conseguir una gratificación finita. En cuanto al mal infinito que lleva asociado el pecado, se aprecia atendiendo a la persona que recibe la ofensa. Una ofensa hecha a un simple particular es un mal, pero es mayor mal si se la hace a una persona de gran dignidad, como sería un juez, y aún más grave sería hacerla al rey. Pues bien, en el caso de la ofensa hecha a Dios, que es la Majestad infinita, respecto el cual todos los príncipes de la tierra y todos los santos y todos los ángeles del Cielo son menores que un grano de arena (Is 40,15), evidentemente es un mal infinito.

Cuando Dios está lejos del hombre, no hay posibilidad alguna de que el pecado de éste sea perdonado, entonces surge la desesperación en el hombre filósofo, mientras que el vil opta por construirse una ley a su propia medida para sentirse un justo ante ella. Además, el alejamiento de la Verdad tiene para el hombre una consecuencia tremenda aún en este mundo: el pecador se ve imposibilitado a creer en la verdad y Dios le induce a creer en mentiras (Rm 11,8), (2 Cor 4,4), (2 Tes 2,11).

* Consecuencias del pecado mortal.

Dios ha dispuesto que quien muera en pecado mortal sea reo del infierno, sometido allí a las penas horrendas, terroríficas, continuas, inexhaustas, inimaginablemente maltratado por los demonios, abrasado por un fuego inextinguible, durante un tiempo eterno. Hay personas poco instruidas que, en su ignorancia, piensan que Dios no puede castigar con una pena de duración infinita a "un acto humano finito". A ello responde santo Tomás: «El pecado es una ofensa a Dios, ser infinito, por tanto es una ofensa infinita. Por Justicia debe penar infinitamente, y ya que no lo puede hacer en intensidad, lógicamente debe hacerlo en el tiempo». San Agustín asegura que el pecado (mortal) es un mal infinito, de suerte que aunque todos los hombres y todos los ángeles se ofrecieran en holocausto, no podrían satisfacer por un solo pecado de un solo hombre. Dios castiga al pecado con las terribles penas del infierno, y ese castigo, según los teólogos, es citra condignum, o sea, inferior a la pena con la que debiera castigarse.

Pero el Evangelio, que está en (y sólo en) la manos autorizadas de la Iglesia Católica, significa "Buena Noticia", y es eso, la expresión de la mejor noticia que los oídos de un pecador pueden escuchar: «La venida al mundo de Cristo, Hijo de Dios, a salvar al hombre a través de su vida, muerte y resurrección redentora». Pues esa Redención divina, lograda como sacrificio cruento de Cristo, con un valor redentor infinito, sí es digna de satisfacer todo pecado humano, y es digna de liberar de la esclavitud de Satanás, y es digna de restaurar a todo hombre a su estado de gracia santificante... ¡Pero ello debe ser realizado dentro de la Iglesia Católica, que es la mediadora entre Dios y el hombre!.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Prudencia contra astucia en Política


Antes de los inicios de la era moderna, nadie tuvo la osadía de pensar que la política tuviera una esfera propia de criterios y juicios. Cualquier gobernante cuando tomaba una decisión de estado, se aseguraba previamente que ésta estuviera de acuerdo con la Biblia o con su conciencia. Si era consciente que una acción era ilícita, es decir, contraria a la religión, entonces el gobernante también la consideraba políticamente reprobable. Y esto es así porque la política es una parte de la Religión(1) . Concretamente, de la política se encarga la Moral, que es la ciencia que se ocupa del gobierno tanto de las personas como de los grupos sociales o sociedades. La política está encargada del gobierno del Estado, el cual, por definición, es una sociedad perfecta que se ocupa del bien común de sus componentes.

Pero con el comienzo del siglo XVI, el filósofo italiano N. Maquiavelo proclama impíamente que la política es una fuerza independiente que los gobernantes pueden utilizar –al margen de la Moral– para conseguir su fin que es mantener el poder del estado y asegurar la paz, utilizando para ello cualesquiera medios y recursos. Así nació la política moderna.
Hay que distinguir la importancia de este salto, desde la edad antigua en la que el monarca absorbía en su persona todo el poder, que en principio radicaba en la corona, teniendo ésta como parte integrante a los naturales de la ciudad, nación o Estado, no existiendo ninguna agrupación terrenal que vincule al monarca a ningún sometimiento por mínimo que ésta sea. Pero esta afirmación hay que matizarla, porque el monarca quedaba sometido a los dictados de Dios y de la naturaleza (Religión y Derecho Natural). Por contra, en la era moderna, con los postulados maquiavelicos sobre la razón de Estado, justificando toda clase de medios para la consecución del fin, no es otra cosa que el dominio absoluto del monarca sobre los súbditos, habiendo con ello construido el indiscutible y seguro peldaño hacia la divinización del poder político de los gobernantes.

Sabios de la antigüedad como Platón o Confucio defendieron que la política debería dejarse en manos de las personas más sabias y prudentes. Para santo Tomás de Aquino la 'prudencia' de un individuo indicaría «visión anticipada de los aconteceres que conlleva precaución contra todo mal probable o posible». La prudencia sería un conocimiento encaminado, no a conocer por conocer, sino a dirigir las cosas aprehendidas a la acción recta. Concretamente, el hombre prudente se encamina con todas sus potencias cognoscitivas a hacer el bien y evitar el mal. Pero he aquí que la prudencia no sólo se extiende al bien propio y personal, sino también al bien de los demás y de toda la sociedad. Ese bien común, que consta de muchas cosas y se realiza de muchas maneras, en los diferentes lugares y situaciones, es el objeto de la prudencia. Y como es un bien social o político, la prudencia que versa sobre él se llama "política", que, como ya ha quedado dicho, al tratar del gobierno de agrupaciones sociales, entra dentro de la Moral. Hay quien se opone a ello, con argumentos tan inconsistentes como decir «que los actos políticos deben enjuiciarse con el criterio de lo útil, lo habitual, lo que piensa la mayoría...». A esto responde el filósofo B. Monsegú: «Lo que es, o sea más o menos numeroso, no dicta su ley a lo que debe ser» . Una prudencia política que no tiene en cuenta los principios del derecho natural y las conclusiones que la ciencia moral obtiene de ellos, no es prudencia política sino astucia maquiavélica.
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(1) La Religión Católica que es la expresión de la Verdad.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Conociendo a Dios


* El Dios escondido

«Toda religión que no afirme, en primer lugar, que Dios está escondido,
no puede tenerse por verdadera» (Blaise Pascal).

En una entrevista que poco antes de su muerte le hicieron a Isaac Asimov, celebre divulgador de la ciencia, le interrogaron sobre su pensamiento sobre Dios, éste manifestó su ateísmo, y el entrevistador profundizando algo más le dijo: «Y si tras la muerte..., en el más allá se encontrará realmente con Dios, ¿qué le diría usted a Él?». Asimov, después de dudar un rato, contestó: «Le diría que podría haber sido un poco más explícito, que se podría haber manifestado con una mayor claridad... pues yo no lo pude percibir en toda mi dilatada vida». Esta respuesta, además de estar cargada de un absoluto positivismo (yo sólo acepto como real aquello que percibo por mis sentidos) es injusta y muy poco científica, pues son muchas las cosas reales que en filosofía y en la ciencia se conocen indirectamente, después del estudio profundo y serio de sus efectos secundarios.

Hoy hay muchos racionalistas que como Asimov opinan que Dios se debería manifestar, clara e inequívocamente, a los científicos y sabios del mundo, para que así éstos certificaran oficialmente su existencia. Muy diferente es la estrategia que ha elegido Dios, consistente en dar suficiente luz a quien quiere creer y suficiente sombra a quien no quiere creer. Mientras dura la vida terrena el hombre «ve como en un espejo, de forma confusa», pues sucedió que con el pecado perdió la integridad primigenia del paraíso: de tener una visión perfecta pasó a tener una visión borrosa y confusa (I Cor 13, 12). Así ahora es como si Dios jugara al escondite con el hombre: si se descubriera totalmente, dejaría de tener merito creer en Él; si no se descubriera en absoluto, no habría fe.

* ¿ Pero Dios se descubre o no ?

Dios sí se descubre de manera clara y explícita, pero sólo a los pequeños y sencillos para así "confundir a los sabios y entendidos de este mundo". Lo trágico es que los sabios de este mundo no saben aún donde está la auténtica sabiduría. La sabiduría (en el sentido bíblico) no es una acumulación de conocimientos prácticos y útiles que sirven al hombre para andar confiadamente por la vida, realmente la sabiduría es una lucha por la verdad, una guerra continua, a veces, descorazonadora en la que el éxito o el fracaso se basa en la apertura a Dios, que como hemos dicho, no se descubre nunca enteramente al hombre. Si no lo hace es por su infinita bondad, ya que nosotros necesitamos "no verle" para así "creyendo sin ver" ganemos meritos para la verdadera vida (aquella que se inicia con la muerte). Pues el creer implica un fiarse de Dios, al igual que el pequeño cree naturalmente en sus padres porque se fía de lo que le dicen, de lo que le dan, etc. Es entonces cuando Dios concede la sabiduría y la inteligencia como dones.

* ¿ Es cognoscible Dios ?

Respecto a la cognoscibilidad de Dios, es un error muy típico de muchos racionalistas el pensar que como Dios es Infinito, .... es por ello incognoscible, es decir, "no podríamos conocer nada afirmativo sobre Él"..., algo así, como que nuestro intelecto no puede captar ninguna faceta de Dios "porque en nuestra mente finita sólo tendría cabida lo finito". Es un doble error, por una parte es una confusión entre los términos "incomprensible" (algo no abarcable por el intelecto) e "incognoscible" (algo que no puede ser conocido). Permitidme poner un ejemplo de Física: el conjunto de todos los fenómenos físicos que pueden acontecer en el universo sería "algo incomprensible" porque serían demasiados para ser captados por las 10^15 neuronas del cerebro, sin embargo, en física, la conducta del universo es perfectamente 'cognoscible' por los científicos, con un conocimiento verdadero (aunque incompleto), en realidad, la cosmología clásica -rama de la física que estudia el comportamiento global del universo- se ha desarrollado ya hasta los límites máximos. Pero, además, se trata de un error teológico, pues en ello no se tiene en cuenta, que el conocimiento de Dios que tiene el católico procede de una iluminación de la gracia, a través del Espíritu Santo, en el que están implicados el don de la sabiduría como el don de la inteligencia . Es por todo esto, que son las personas más humildes -y no las más doctas- las que mejor conocimiento tienen de Dios.